La historia de Taona

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Taona nació en Mozambique hace 14 años, después de que la insurrección del movimiento anticomunista de la RENAMO hubiera ya arrasado gran parte del país. A la edad de diez años, sabía más de la muerte que de la vida. Por aquel entonces, a su padre le estalló una mina antipersona y a los pocos días su aldea fue incendiada. Su madre decidió que si querían salvar la vida, debían huir, de manera que se dirigieron a Zimbabue. Taona pasó los siguientes tres años en el campamento de Mazowe River Bridge, convirtiéndose en uno más de los 30.000 refugiados que había tras las alambradas. Todo lo que recordaba de su tierra era fuego, armas, hambre y muerte. Cuando Taona tuvo su propia pastilla de jabón y su propia toalla, consideró que era algo demasiado precioso como para utilizarlo a diario. Taona enfermó y llegó a nuestro hospital. Se le diagnosticó un cáncer. La primera vez que lo vi, el tumor en su vientre era enorme, y ya había perdido tanto peso, que no podía andar sin ayuda. Sin embargo, insistíaen sentarse fuera, en la barandilla, para mirar a las enfermeras y a otros pacientes. Taona era valiente. Jamás le vi llorar. Cuando sentía un espasmo de dolor, su expresión cambiaba y su rostro, repentinamente, parecía el de un anciano. Cada vez que le visitaba, me preguntaba si podía encontrar alguna medicina para sacar el bulto de la barriga. Cada vez tenía que decirle que no lo había conseguido. Un día le pregunté a Taona si había algo más que pudiera hacer por él. Primero dudo, pero después, con una voz más suave de lo habitual, me pidió si podía conseguirle una pastilla de jabón. Y añadió que nunca en toda su vida había tenido una para él solo – ni en su hogar en Mozambique, ni en el campamento, ni aquí en el Hospital. El otro visitante que vino conmigo ya estaba en la puerta de cuidados intensivos cuando Taona me hizo la señal pidiéndome que regresase. ¿Podría pedir un segundo deseo?, preguntó. ¿Podría tener una toalla? Tampoco nunca había tenido su propia toalla. Cuando Taona tuvo su propia pastilla de jabón y su propia toalla, consideró que era algo demasiado precioso como para utilizarlo a diario. Guardó su brillante toalla roja y amarilla perfectamente doblada junto a su almohada, y debajo de la toalla, la pastilla de jabón. Después de cada crisis de dolor y antes de quedarse dormido por unas pocas horas, cogía el jabón de debajo de la toalla, y se la acercaba a la nariz, la olía con los ojos cerrados y la volvía a guardar bajo la toalla.
A últimas horas de un sábado por la tarde, me llamaron al hospital. El final de Taona era inminente. Su rostro ahora estaba en paz y por primera vez desde que le conocí, su rostro parecía al del chico de 14 años que era.
La toalla seguía allí, perfectamente doblada junto a la almohada. A la mañana siguiente enterramos a Taona en el pequeño cementerio que hay detrás del hospital. Se cavó su tumba en un lejano rincón del cementerio, reservado para los refugiados mozambiqueños que morían en el hospital. Los funcionarios gubernamentales nos pidieron que los mantuviéramos aparte. Algún día, las autoridades mozambiqueñas podrán reclamarlos. Taona fue cubierto por una fina y blanca sábana en una camilla de caña al que se encontraba atado por los pies, la cintura y el cuello. Cuando ponían a Taona en su tumba, una anciana se acercó, se arrodilló y con mucho cuidado colocó la toalla y la pastilla de jabón junto a su cabeza. El jabón aún mantenía su envoltorio.

Dieter B. Scholz SJ, Director Internacional del JRS, 1984 – 1990

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Servicio Jesuita a Refugiados

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El Servicio Jesuita a Refugiados es una organización católica internacional que trabaja en más de 50 países, con la misión de acompañar, servir y defender los derechos de los refugiados y desplazados forzosos. La misión confiada a JRS comprende a todos los que han sido apartados de sus hogares por los conflictos, los desastres humanitarios o las violaciones de los derechos humanos, de acuerdo con la enseñanza social católica que define como refugiado “de facto” a múltiples categorías de personas.

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