DOMINGO DE RAMOS primer día de la Semana Santa

Por Pedrojosé Ynaraja

1.- ENTRAR EN JERUSALÉN ES “ENTRAR” EN LOS PLANES DE DIOS

Por Pedro Juan Díaz

1.- En este primer día de la Semana Santa recordamos el momento de la entrada de Jesús en Jerusalén. Jesús va allí a celebrar la Pascua. Todas las familias iban en peregrinación y se reunían en ese mismo lugar porque era donde estaba el Templo. Muchos peregrinos se encontrarán con familiares y amigos que les esperan después de un año. Van juntos a celebrar la Pascua. Se reunirán por familias en las casas. Repetirán palabras y gestos ancestrales que guardan todavía todo su significado y que permanecen en la memoria de los más ancianos. Unas palabras y gestos que serán transmitidos a los pequeños de cada hogar, donde se renovará, ante cada mesa compartida, la alianza de amistad y esperanza en la liberación definitiva de Dios.

2.- Los discípulos montan a Jesús en una borrica y entran por una calzada alfombrada por los ramos de olivo que la gente echa a su paso. Jesús entra con los vivas del pueblo. “Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Y toda la gente que contemplaba aquello se preguntaba: “¿quién es este?”. Nosotros nos preguntamos también muchas veces: ¿Por qué Dios es así? ¿Por qué permite tanto sufrimiento de las personas, tanto mal? ¿Qué “tipo” de Dios (Mesías) es este? Quizá encontremos respuestas contemplando lo que Dios nos dice hoy en su Palabra.

3.- En la primera lectura, el profeta Isaías se define como un discípulo de Dios que escucha su Palabra cada mañana para descubrir su voluntad y cumplirla, por obediencia de amor. Y esto lo hace convencido de que Dios responde por él. ¿Responderá Dios también por nosotros? ¿Por qué no dará Dios un puñetazo encima de la mesa del universo y acabará con tanto mal, tanto dolor y tanto sufrimiento que domina a tanta gente? Leemos la Pasión y nos damos cuenta de que con su hijo no lo hizo. Y con nosotros tampoco lo va a hacer, porque se ha tomado muy en serio nuestra independencia y nuestra libertad. Y porque nos respeta, como personas libres que somos, y espera de nosotros mucho más. Quizás este Dios nos escandalice, como a los judíos de su tiempo, porque también nos enseña a amarle y a seguirle desde el sufrimiento, cuando las cosas no nos van bien; y porque pudiendo actuar “a lo grande”, lo hace desde lo sencillo y lo pequeño.

4.- San Pablo, en la segunda lectura, resume con una gran oración, que se convirtió en Himno de las comunidades cristianas, que Cristo no vivió como un gran señor, sino como un siervo, y eso le valió el favor de Dios. No nació en una corte, sino en un pesebre. No vivió entre lujos, sino entre los pobres. No murió “en olor de santidad”, sino crucificado como un bandido. Y todo eso por amor obediente a los planes de Dios, a los proyectos de su Padre, a lo que Dios quería de él, no a lo que él quería que Dios le diera. ¿Qué es más importante: lo que Dios quiere de mí o lo que yo quiero que Dios me dé? Jesús descubrió que entrar en Jerusalén era “entrar” también en los planes de Dios, y así lo hizo.

5.- La clave de toda la lectura de la Pasión está en la obediencia de Jesús a la voluntad de su Padre, ese “entrar” en sus planes, aunque en muchos momentos no los entienda, pero confía y se entrega. Y su Padre le demuestra el amor de Dios por todas las personas, por encima incluso de la traición de Judas, de la negación de Pedro, del juicio falso y arbitrario de los judíos, de la indiferencia de los romanos, de la violencia y la burla de todos, del sufrimiento y de la soledad del mismo Jesús en la cruz… Nuestra respuesta a esa entrega generosa y por amor, es darle gracias con nuestra vida y nuestra entrega a los demás en la salud y en la enfermedad, en la suerte y en la desgracia, en lo bueno y en lo malo. ¡Gracias, Padre, porque has dado tu vida por mi! ¡Aquí estoy para hacer tu voluntad!

6.- Todo esto rondaba la mente de Jesús al entrar en Jerusalén. Jesús va con sus discípulos y con su familia, no es la primera vez, ya ha subido varias veces, los evangelios nos cuentan al menos tres, pero esta será la “definitiva”. El ambiente está tenso, los enfrentamientos con los sacerdotes y con los fariseos se han ido repitiendo a lo largo de los meses y la tensión se respira en el aire. Sus discípulos piensan que es “meterse en la boca del lobo”, pero ven al Maestro seguro de sí mismo, decidido a afrontar una vez más el desafío de seguir siendo fiel a su Padre Dios, y siguen caminando hacia Jerusalén con Él.

7.- Entran en grandes grupos, después de horas, de días de andar a través de campos y caminos, de dormir al raso quizás, la ciudad se muestra ante ellos como la mejor de las recompensas. “¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén”.

8.- Una vez en Jerusalén, tiene lugar la celebración de la Pascua. En la noche del Jueves Santo, Jesús cena con sus discípulos y hace una Pascua nueva, la Pascua de la Vida. “Haced esto en memoria mía”. El Viernes Santo, Jesús yace colgado de una cruz, signo de maldición convertido en signo de salvación. El relato de su pasión que hemos escuchado, y que volveremos a escuchar el Viernes Santo, es estremecedor. Cristo, solidario con la humanidad que sufre, que lo pasa mal, con toda persona humana sedienta de salvación, de sentido y felicidad plena, se anonada, se abaja, se humilla, hasta someterse a la muerte, “una muerte de cruz”. Y por fin el Sábado, la gran noche, la gran Vigilia, la noche de la resurrección y de la vida; y el Domingo, la Pascua, el día del gozo y la alegría. Jesús ha resucitado. Nuestra vida tiene un sentido nuevo, profundo, auténtico. “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Celebremos y gocemos con su salvación”.

9.- Sin una mirada contemplativa guiada por la fe en el amor que Dios nos tiene, los hechos que celebramos se quedan en meros momentos del pasado, o en escenas de sufrimientos privados de sentido y de dimensión salvadora. Si no miramos con fe y con amor a este Jesús que se entrega por nosotros, no podremos comprender nada. Pidamos a Dios que esta semana nos llene el corazón del mismo amor con el que Jesús se entregó por nosotros, para que podamos manifestarlo a los que están cerca de nosotros todos los días del año.


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