Los afectos desordenados

Quienes han pasado por la experiencia de los Ejercicios ignacianos recuerdan que el retiro ayuda a superar los afectos desordenados. Dicho textualmente: “Ejercicios Espirituales para vencer a sí mismo y ordenar su vida sin determinarse por afección alguna que desordenada sea” (#21). A continuación, presentemos los desórdenes en dos categorías:

Los apegos

Son los desórdenes que más acaparan la atención. El ser humano caído por el pecado original, sucumbe a la fascinación que ciertas criaturas ejercen sobre él. El hombre se apega a lo que le gusta, como la hiedra se aferra tenaz y obstinadamente al muro. Ella encuentra toda su seguridad en su adhesión a la tapia. Percibe que la alternativa sería caer en el vacío. En el campo variopinto de los apegos desordenados, la atracción hacia personas ocupa el primer puesto. Ese encanto magnético puede ser de índole manifiestamente deshonesta, como cuando se trata de atracción adulterina; o puede no pasar de una simple amistad, pero que quita la libertad del alma: una amistad absorbente e inquietante. Cualquier tipo de amor desordenado –llamémoslo mejor, amorío–, obstaculiza el progreso espiritual del cristiano en su vocación de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo.

En el lenguaje ignaciano, los apegos desordenados estorban al “alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor” (#23). Aunque los apegos personales son los más vehementes, cualquier descendiente de Adán y Eva puede dejarse engatusar también por criaturas no-personales, como puede ser una ciudad, un trabajo, o una institución. La debilidad humana es tal, que el corazón se enamora incluso de bagatelas como una pieza de ropa, un mueble, un reloj y tantas cosas inanimadas. Muchas personas tienen en sus armarios prendas que nunca usan. A veces piensan regalar lo sobrante, pero en el momento de dar el paso, se les ocurre retenerlo “por si acaso”. Entonces apelan a refranes egoistoides disfrazados de filosofía, como aquel que dice: “el que guarda siempre tiene”.

También les resulta socorrido este otro: “La caridad empieza por casa”. Los que se llevan de este último refrán, generalmente tienen una caridad que comienza, continúa y termina en casa, es decir, amor propio solamente. Todo lo valioso para la vida espiritual encuentra fundamento en el Evangelio del Señor.

Principalmente por medio de San Lucas, el Señor Jesús nos advierte contra la ilusión de almacenar. Recordemos la famosa parábola del rico que confiaba en sus riquezas. Dios le dijo: “¡Torpe! Esta misma noche morirás. ¿Para quién será todo lo que has almacenado?” (Lc. 12,20).

Los desapegos

Se habla poco de este tipo de desorden, pero existe. El hombre se desordena no solamente por sus amores, sino también por sus desamores. Así como hay personas que son propensas a los apegos, así también las hay inclinadas a los desapegos, es decir, a las aversiones o fobias. Cuando alguien se deja llevar del perfeccionismo y espera que todas las personas bailen al ritmo que él les toca, entonces viene fácilmente el desencanto respecto a esas personas, y el consiguiente rechazo de ellas. El desamor contra personas suele expresarse con frases como, “no lo puedo ver ni en pintura”, “no lo trago”, “no lo resisto”. No faltan quienes vuelcan su intolerancia contra lugares. Ciertos individuos no encuentran clima que les asiente ni paisaje que les llene. Siempre quieren mudarse de casa, barrio y ciudad. Andan como nómadas profesionales en busca de un lugar ideal que sólo existe en la imaginación. Quizás hayan hecho suya la frase ilusa del padre de la escritora Marguerite Yourcenar: “Siempre se está mejor en otra parte”. Ya lo decía muy bien Tomás de Kempis: “La imaginación de cambios y de lugares a muchos hizo caer”. La inconformidad con las criaturas puede extenderse a cargos, puestos de trabajo e instituciones. Hay personas que no cuajan en ningún contexto social. No pueden manejar los inevitables contratiempos y conflictos que surgen en todo ámbito de convivencia humana. Creen que resolverían el problema huyendo de la situación en que se encuentran. De esa manera, nunca se comprometen a fondo con mejorar las cosas. Siempre se encuentran provisionalmente en todo lugar; es decir, como de paso. Esa actitud puede enmascararse de virtuoso desprendimiento, cuando en realidad no pasa de derrotismo, pusilanimidad y debilidad de carácter. De ningún modo pueden los desapegos disfrazarse de indiferencia ignaciana. La verdadera indiferencia consiste en no dejarse llevar por el “me gusta” o “no me gusta”, sino por lo que Dios quiere.  Para elegir con toda el alma.

A la hora de escoger entre dos opciones, la indiferencia ignaciana se presenta como actitud transitoria. Mientras no vea claro lo que Dios quiere de mí, me mantengo equidistante entre las dos opciones. Pero una vez que la voluntad de Dios se manifiesta por medio de la obediencia a legítimo superior, o mediante otro signo externo o interno de su voluntad, entonces uno elige con toda el alma y se compromete de lleno con la misión recibida.

Eduardo M. Barrios, S.J.

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