Mes: octubre 2012

COMPROMETERSE HACE BIEN

jesus

Homilía en la Eucaristía de San Alberto Hurtado
Santuario del Padre Hurtado, 18 de agosto de 2009
Alejandro Goic Karmelic

Queridas hermanas y queridos hermanos:
En esta noche memorable para la Iglesia y para el pueblo de Chile, en que recordamos la pascua del querido padre, san Alberto Hurtado, nos reunimos en el santuario donde miles y miles de fieles peregrinan para encontrarse con el Señor, por intercesión de este sacerdote santo, y renovamos nuestra fe en Jesucristo y en su proyecto de amor al que san Alberto dedicó su vida entera.
Cuántas veces el padre Hurtado habrá meditado, en la compleja realidad política, social y religiosa que le tocó vivir, estas lecturas que hoy hemos proclamado. No debe haber sido fácil para la gente de su tiempo comprender cabalmente que la vivencia de la caridad y la promoción de la justicia social son una consecuencia vital e indispensable del seguimiento de Cristo.

He leído y releído en las últimas semanas ese hermoso regalo que nos ha hecho el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate. Sus páginas necesariamente nos llevan a reencontrarnos con el Padre Hurtado y sus homilías, sus mensajes a la juventud, sus meditaciones y discursos. En muchos de sus escritos, junto a los textos magníficos de los Padres de la Iglesia, la Providencia fue iluminando nuestra reflexión de hace dos años sobre la necesidad de un ingreso éticamente suficiente para la vida digna de nuestras familias. También en esta palabra de honda vigencia hemos inspirado, recientemente, nuestra propuesta de un consenso básico ético que nos permita dar un paso significativo para asumir la deuda social pendiente, en el año del Bicentenario.

La entrega del cristiano
Nuestro compromiso solidario, que se traduce en un esfuerzo permanente por mejores condiciones de vida para los hermanos más pobres, es ni más ni menos que el proyecto de Cristo. La civilización del amor se empieza a construir aquí y ahora. En el primer párrafo de Caritas in Veritate, el Santo Padre nos habla del compromiso:  “El amor -«caritas»- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz”. (CiV 1)
Hoy decimos con plena certeza que “comprometerse hace bien”. Y lo afirmamos desde la experiencia maravillosa de tantos hermanos y hermanas nuestros cuya vida se ha transformado a partir del momento en que han sido capaces de dar y de darse a otros. Decía el padre Alberto Hurtado:  “La caridad nos mueve a socorrer con generosidad de nuestros bienes a los pobres: lo que es superfluo para nosotros, la caridad lo pone al servicio de los pobres y a veces la caridad llega aun más lejos, participa a los menesterosos, aun de lo que uno ha menester para sí. El verdadero cristiano da y da hasta que duela. Mientras la limosna no nos cuesta, vale poco” (San Alberto Hurtado, Humanismo Social, 1947)

No cualquier aporte es un regalo. No toda ayuda es un don. Con toda razón cantamos que “amar es entregarse olvidándose de sí”. Cabe preguntarse: ¿cuánto y hasta dónde damos? ¿cuánto y hasta dónde NOS damos a los demás?

Es que el compromiso solidario comienza en familia, desde el matrimonio solidario que se entrega por entero al mayor bien de sus hijos. Y se cultiva en el colegio, en un sistema educativo que lucha por reformarse y crecer, pero en el que persisten desigualdades que nos duelen en lo profundo. El compromiso solidario se juega en la vida laboral, porque el trabajo es obra de todos; en la convivencia diaria de la ciudad, del barrio; en la riqueza hermosa de las amistades que se cultivan y perduran.

“Lo vio y se conmovió”
Por eso la Iglesia se alegra cuando diversas instituciones cristianas se unen para invitar, con ocasión de este día y de este mes de la solidaridad, a la sensibilización sobre una cultura solidaria. Porque la solidaridad no puede ser flor de un día, moda pasajera o sensibilidad limitada a ciertas fechas, a ciertas campañas, a tragedias y desastres. ¿Qué tan solidario fue, cuánto dio, cuánto SE dio el samaritano?

El evangelio de Lucas nos narra que el sacerdote y el levita lo vieron y pasaron de largo. Quizás nosotros también pensamos como ellos cuando nos desentendemos de la mendicidad o del sufrimiento ajeno con el pretexto de que nos engañan, de que “no le trabajan un día a nadie”, de que son parte de redes delictivas. Lo vieron herido y pasaron de largo.

A diferencia del sacerdote y del levita, el samaritano lo vio y se conmovió. No sacó cuentas con la razón científica y técnica que hoy, con recetas fáciles, nos recomienda a quién dar, cuándo dar, cuánto dar. Al ver al hombre herido, el corazón del samaritano se conmueve. En lo profundo de su ser se duele, se con-duele con el hermano herido. Y en ese dolor solidario no hay diferencia religiosa, racial, política ni económica que valga.

Así se porta este “prójimo”: la conmoción se traduce en acción: se acerca, venda las heridas, las cubre con aceite y vino, pone al hombre sobre su propia montura, lo lleva a un albergue y lo cuida. Pasa una noche junto a él. Al otro día saca de su dinero y cubre los gastos que pudieren ser necesarios después. Y pide encarecidamente que lo cuiden, que no reparen en gastos. Ése es un prójimo.

El doctor de la Ley ya tiene respuesta a su pregunta sobre qué hacer para heredar la vida eterna: “Anda y haz lo mismo que ese samaritano”. Lo entendió bien Alberto Hurtado, quien escribía que esta parábola “nos muestra al verdadero servidor de Dios. Éste es aquel que sirve a todo necesitado –decía san Alberto-. Una virtud que ocupa tan alto puesto en la enseñanza de Cristo, no puede reducirse a ocupar un pequeño rincón en nuestra vida.” (San Alberto Hurtado, Amar al prójimo).

La Iglesia ha reconocido en este sacerdote chileno de la Compañía de Jesús una santa manera de mirar, en el pobre, a Cristo. Cuántas veces rechazamos mirar a los prójimos olvidados y sufrientes. En nuestros días, en que todo se nos ofrece rápido, fácil y bonito, también se puede vivir la caridad desde una cómoda distancia: es más fácil dar con tarjeta o que nos descuenten en forma automática nuestro aporte solidario. San Alberto comprendió bien que dar es más que aportar dinero, porque sintió la conmoción del samaritano que mira al sufriente a los ojos. Le habría sido más fácil pagar por el servicio: con su dinero otro podría haber curado y acompañado al hombre herido. Pero el samaritano quiso lavar y curar las heridas con sus propias manos. Quiso quedarse y hacerse responsable de su hermano.

Hacernos responsables de los que sufren
Esta Palabra nos habla hoy, en este agosto lluvioso previo a una campaña electoral en el Chile que amamos. ¿Es el gesto del samaritano el que inspira e identifica la solidaridad nuestra, la solidaridad que valoramos después de los terremotos y temporales? Lo pregunto con un especial acento en estos tiempos de promesas puerta a puerta: ¿somos capaces de quedarnos una noche junto a los más pobres de los pobres? ¿seremos capaces de hacernos cargo de ellos hasta que se curen sus heridas?
La solidaridad no se puede agotar en consignas de campañas, y tampoco puede convertirse en una suerte de “turismo social” en que ocasionalmente estamos un rato junto a los pobres. El samaritano se conmovió a tal punto que después de curar al hermano y de hospedarlo, se quedó con él y se hizo responsable por su futuro. Él mismo se comprometió por su recuperación: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”.

No podemos olvidar que una solidaridad auténtica implica dos dimensiones: por una parte, el amor humano y la misericordia, la compasión y la ternura, en especial hacia los que más sufren; y por otra, la necesaria búsqueda de la transformación de las condiciones sociales, políticas y económicas, a través del ejercicio responsable de nuestros derechos y deberes ciudadanos. Porque, en palabras del apóstol Santiago, una fe sin obras es una fe muerta.

Como nos ha recordado el Santo Padre, la crisis económica y sus consecuencias en la familia y la sociedad, nos obligan “a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso” (CiV 21). Con esperanza decimos: ¡Al mal tiempo, buen compromiso! En tiempos de apretarse el cinturón, pidámosle al Señor que nos ensanche el corazón y que, por intercesión de nuestra madre, María, nos ayude a ponernos en el lugar de los que sufren, a aliviar su dolor y a hacernos responsables de la curación de todas sus heridas.

Que en Dios sepamos darnos, al modo que tan bellamente nos invitaba el padre Hurtado:

“Darse… es cumplir justicia.
Darse… es ofrecerse a sí mismo y todo lo que tiene.
Darse… es orientar todas sus capacidades de acción hacia el Señor.
Darse… es dilatar su corazón y dirigir firmemente su voluntad hacia el que los aguarda.
Darse… es amar para siempre y de manera tan completa como se es capaz”.

¡Al Señor de la Vida sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Libro plan de formacion CVX adultos

A todos los CVX adultos en Valparaíso,

en especial a Guías, coordinadores y acompañantes.

Uno de los principales hitos del Consejo de  CVX en Santiago ha sido disponer de un plan de Formación de CVX adulta y con gran alegría hemos recibido este hermoso libro en CVX en Valparaíso.

Es un apoyo que contribuirá en gran medida en potenciar en cada uno y cada una nuestro carisma, misión y modo de vivir la fe al estilo de la comunidad de vida cristiana.

Desde Valparaíso les agradecemos a cada una de las personas han participado en este proyecto. Muchas gracias le daremos buen uso!

Informaciones: EQUIPO DE COMUNICACIONES CVX en Valparaiso

Blog: https://cvxvalparaiso.wordpress.com

Facebook: comunidad de vida cristiana-valpo

A los 50 años del Concilio Vaticano II

Diez mensajes conciliares que siguen siendo un reto

Hace cincuenta años que se inauguraba el Concilio Ecuménico Vaticano II, sin duda el acontecimiento colectivo más importante de los últimos ciento cincuenta años en la Iglesia Católica. El entonces joven teólogo Joseph Ratzinger actuó como perito conciliar. Hoy es el Romano Pontífice, Benedicto XVI. En la última Audiencia General recordaba “la alegría, la esperanza y el impulso que nos dio a todos nosotros participar en este evento de luz, que irradia hasta hoy.”

Sin embargo, algunos, como el P. González Faus, piensan que el Concilio Vaticano II fue una “primavera fugaz” y por él hay que entonar un réquiem. No lo comparto, en absoluto. Diría más bien que el Concilio ha sido una primavera prolongada. Eso sí, con abundantes tempestades, inclemencias y granizadas, consecuencia de malas interpretaciones teológicas y de una notoria tibieza de muchos cristianos. El Concilio ya ha dado algunos frutos y estoy convencido que dará muchos más. Dios cuenta con el tiempo.

Leyendo atentamente los argumentos de González Faus, aprecio en ellos una visión muy sesgada de la Iglesia. Al destacar diez enseñanzas fundamentales del Concilio, hace una particular selección en la que predominan cuestiones relativas al poder eclesiástico y su ejercicio, y una gran preocupación por delimitarlo. Silencia, en cambio, que la Iglesia es visible y espiritual a un tiempo, como señala uno de los documentos más significativos el propio Concilio en la Constitución Lumen Gentium (LG) (n. 8).

La única imagen de la Iglesia aportada es la de “Pueblo de Dios”; imagen que le permite aplicar muchas categorías sociológicas al aspecto humano de la Iglesia (poder, estructuras, condición igualitaria de sus miembros, colaboración con el mundo). La imagen de “Pueblo de Dios” es importante, pero no es la única. La Iglesia es también cuerpo místico de Cristo, redil, edificación de Dios, esposa de Cristo… (LG, 6-7) Es cierto que todos los bautizados son igualmente fieles, pero también es verdad que, por voluntad de Cristo, la Iglesia tiene una constitución jerárquica (LG, cap III) y en Ella existe un sacerdocio ministerial, esencialmente diferente del sacerdocio común de todos los fieles (LG 10). De la liturgia destaca la importancia de hacerla participativa y asequible, pero no subraya la presencia de Cristo en la liturgia y la importancia de las disposiciones personales, de lo que también habla el Concilio.  Según el Dr. Joan Antoni Mateo, “hace cuarenta años que Faus y todos sus adláteres están cantando la misma palinodia. En el fondo se trata de una lectura parcial y sesgada del Concilio…”

Con todos mis respetos, creo que posturas como la del P. González Faus no sólo son sesgadas, sino que pertenecen al pasado. Ahora lo más relevante es plantearse algunos mensajes claves del Concilio que, a pesar de los esfuerzos de los últimos papas, siguen sin ser asimilados por amplios sectores del pueblo fiel. Son retos que es preciso afrontar con fe y decisión. Citaré diez, sin ánimo de ser exhaustivo y sin pretensión alguna de pontificar sobre si son las enseñanzas fundamentales del Vaticano II, aunque muchos seguramente coincidirán en que son de gran importancia. Son éstos:

1. Revitalizar la fe. Para Benedicto XVI  una de las lecciones más simples y fundamentales del Concilio es que “el cristianismo en su esencia consiste en la fe en Dios y en el encuentro con Cristo, que orienta y guía la vida.” Por ello lo más importante es que “se vea, de nuevo, con claridad, que Dios está presente, nos mira, nos responde; y que, por el contrario, cuando falta la fe en Él, cae lo que es esencial, porque el hombre pierde su dignidad.” 

2. Asimilar y responder a la llamada universal a la santidad, ya que “todos los fieles cristianos, en las condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida, y a través de todo eso, se santificarán más cada día si lo aceptan todo con fe de la mano del Padre celestial y colaboran con la voluntad divina, haciendo manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la caridad con que Dios amó al mundo.” (Lumen Gentium, 41)

3. Tomar plena conciencia de la misión de los laicos, a los cuales “corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.” (Lumen Gentium, 31)

4. Vivir la centralidad de la Eucaristía, recordando que los fieles, “participando del sacrificio eucarístico, fuente y cumbre de toda la vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos juntamente con ella.” Y, junto con la eucaristía y en estrecha relación con ella, valorar el sacramento de la penitencia, en el que los fieles obtienen “de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a Él y al mismo tiempo se reconcilian con la Iglesia.”  (Lumen Gentium, 11)

5. Acentuar la sacralidad de la liturgia, más allá de la participación externa y visualidades compartidas, ya que toda celebración litúrgica por ser “obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.” (Sacrosantum Concilium, 7) 

6. Lograr que  los corazones de los fieles se llenen con la lectura y estudio de la Sagrada Escritura, con lo que “es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que ‘permanece para siempre’.” (Dei Verbum, 26)

7. Asumir por parte de todos el deber y el derecho de hacer apostolado que tienen los fieles laicos, y no sólo los pastores. El Concilio recuerda que “los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza (…) Por consiguiente, se impone a todos los fieles cristianos la noble obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra.”(Apostolicam actuositatem, 3)

8. Vivir con unidad de vida, que implica, entre otras cosas, armonizar la autonomía de las tareas temporales con el orden moral (Gaudium et Spes, 36). Sigue siendo verdad, como advertían los padres conciliares, que “el divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” (Gaudium et Spes, 43).

9. Redescubir la necesidad de conocer y vivir la doctrina cristiana sobre la sociedad humana, en aspectos tan cruciales como el trabajo, la familia, la economía y la participación en la vida pública, entre otros (Gaudium et Spes, 23ss)

10. Lograr una efectiva transmisión de la fe en la educación, recordando que la educación cristiana no persigue solamente la madurez de la persona, “sino que busca, sobre todo, que los bautizados se hagan más conscientes cada día del don de la fe, mientras son iniciados gradualmente en el conocimiento del misterio de la salvación; aprendan a adorar a Dios Padre en el espíritu y en verdad…” (Gravisimum educationis, 2)

Definitivamente, el Concilio se irradia hasta hoy con estímulos y desafíos importantes que deberían dar los frutos tan esperados.

Ética Empresarial y Social
Profesor Domènec Melé

Primera santa amerindia

VATICANO, 21 Oct. 12 / 09:45 am (ACI/EWTN Noticias).- El Papa Benedicto XVI canonizó esta mañana en la Plaza de San Pedro en Roma a 7 nuevos santos, entre ellos la primera india “piel roja” de la historia en ser elevada a los altares, Kateri Tekakwitha; y una religiosa española, María Carmen Sallés y Barangueras.

Después de la celebración de la Eucaristía, el Papa saludó a las delegaciones oficiales y a los peregrinos que llegaron para festejar a los siete nuevos santos y, recordando los textos de San Marcos, expresó que “el hijo del hombre ha venido a servir y dar su vida en rescate por la multitud”.

Por el rito de canonización, el Papa elevó a los altares a Jacques Berthieu (1838-1896), sacerdote de la Compañía de Jesús y mártir; a Pedro Calungsod (1654-1672), laico catequista y mártir; a Giovanni Battista Piamarta, (1841-1913), sacerdote, fundador de la Congregación de la Sagrada Familia de Nazaret y humildes siervos del Señor; a Marianne Cope, (1838-1918), religiosa profesa de la Congregación de las Hermanas de la Tercera Orden de San Francisco de Syracus; a Anna Schäffer, (1882-1925), una laica; a María Carmen Sallés Y Barangueras (1848-1911), fundadora de la Congregación de las Concepcionistas Misioneras de la Enseñanza; y a Kateri Tekakwitha, mujer laica.

Benedicto XVI indicó que las canonizaciones de hoy son una elocuente confirmación de la misteriosa realidad salvadora de Jesucristo, y la tenaz profesión de fe de estos siete generosos discípulos de Cristo, su configuración al Hijo del hombre, resplandece hoy en toda la Iglesia.

Santa Kateri Tekakwitha, la primera “piel roja” de la historia en subir a los altares.

(más…)

Taller de Formación “CONCILIO VATICANO SEGUNDO…

El Padre Juan Ochagavía Larraín S.J.; nació en Santiago en 1928.

Ingresó a la Compañía de Jesús, hizo sus estudios de Teología en Woodstock, USA, y se ordenó de sacerdote en 1957. Luego se doctoró en Teología en la Universidad de Munich, Alemania.

Ya de regreso en Chile en 1963 se desempeñó como profesor de Teología en la Pontifícia Universidad Católica, director de la Revista Mensaje, profesor de ILADES y director espiritual de laicos y jesuitas.

Participó como Teólogo en el Concilio Vaticano II y ha desempeñado diversos cargos de formación y gobierno en la Compañía de Jesús.

Entre 1972 y 1978 fue nombrado Provincial de los Jesuitas y posteriormente Maestro de Novicios hasta 1983, año en el que fue llamado a Roma como Asistente General de la Compañía de Jesús.

En 1991, al terminar su responsabilidad como Asistente General, regresa a Chile y es nombrado Asesor Nacional de CVX en paralelo con la formación de los jesuitas como Vice-superior de teólogos.

En 1997 es nombrado Instructor de Tercera Probación en Calera de Tango, misión que combina con apoyo pastoral al Colegio San Luis Beltrán en Pudahuel y con la Misión Mapuche en Tirúa. Actualmente vive en el Teologado Jesuita y da Ejercicios Espirituales, cursos y talleres en el Centro de Espiritualidad Ignaciana de Santiago (CEI).

El viernes, 09 de Noviembre visitará Valparaíso, invitado por la Comunidad de Vida Cristiana en Valparaíso, para exponer en el Taller de Formación “CONCILIO VATICANO SEGUNDO, 50 AÑOS” a las 19.00 HRS. en calle  Eusebio Lillo 441 Valparaíso Casa de Ejercicios de los Padres Jesuitas del Sagrado Corazón de Jesús.

Invita: Equipo de Formación Comunidad de Vida Cristiana en Valparaíso. Valor Taller desde $1000.

Estarán a la venta, libros de Juan Ochagavía y otras publicaciones de la Revista Mensaje.

mensaje.valparaiso@facebook.com

Concilio Vaticano II, 50 años…

La renovación de la Iglesia…

En 1959 el Papa Juan XXIII comunicó al mundo la convocatoria a un concilio, conocido como Concilio Vaticano II, ya que el primero había sido en 1871. Su principal finalidad era poner a la Iglesia Católica en sintonía con los nuevos tiempos que vivía la humanidad. En este sentido, los objetivos del encuentro debían apuntar a un aggiornamento, puesta al día, de la Iglesia respecto a su participación en la búsqueda de una mejor humanidad, a través de la adecuación de sus estructuras y mensajes, así como la preparación del mundo cristiano a la nueva realidad mundial.

Durante más de cuatros años, entre 1962 y 1965, se llevaron a cabo cuatro grandes sesiones de debates en Roma, con la participación de todos los obispos de la Iglesia Católica, peritos, teólogos y observadores invitados. En los encuentros se enfrentaron las posiciones conservadoras de la tradición y las reformistas que buscaban adecuar a la Iglesia a los nuevos signos de los tiempos. Un hito en la discusión fueron los cambios en la liturgia, lográndose importantes modificaciones: se permitió usar exclusivamente las lenguas vernáculas, se buscaron modos de estimular la participación de los laicos, se recomendó la sobriedad y la pobreza, se amplió y mejoró el concepto de concelebración y se simplificaron los ritos más complejos.

El Concilio Vaticano II promulgó 16 documentos en los cuales quedó reflejado el resultado de cuatro años de debates y reflexiones, siendo las cuatro constituciones las más importantes: Dei Verbum sobre la revelación, Lumen Gentium sobre la Iglesia,Sacrosanctum Concilium sobre la liturgia y Gaudium et Spes que considera a la Iglesia en el mundo de hoy. A estas constituciones se agregaron decretos y declaraciones que completaron la más importante reforma de la Iglesia Católica en el siglo XX.

En representación de la Iglesia Católica chilena estuvo el Cardenal Raúl Silva Henríquez y los obispos nacionales. El Cardenal Silva participó activamente en cada una de las sesiones del Concilio Vaticano II, formando parte de la corriente reformista al interior de la Curia Romana. El Concilio Vaticano II adquirió notoriedad en la opinión pública nacional, cuando se comenzaron a aplicar las reformas impulsadas por el mismo, entre ellas, el abandono del latín en las misas y su reemplazo por las lenguas vernáculas de cada país.

En CVX en Valparaíso en fecha próxima ofreceremos el Taller Concilio Vaticano II, 50 años. Charlista invitado el padre Juan Ochagavia S.J.