COMPROMETERSE HACE BIEN

jesus

Homilía en la Eucaristía de San Alberto Hurtado
Santuario del Padre Hurtado, 18 de agosto de 2009
Alejandro Goic Karmelic

Queridas hermanas y queridos hermanos:
En esta noche memorable para la Iglesia y para el pueblo de Chile, en que recordamos la pascua del querido padre, san Alberto Hurtado, nos reunimos en el santuario donde miles y miles de fieles peregrinan para encontrarse con el Señor, por intercesión de este sacerdote santo, y renovamos nuestra fe en Jesucristo y en su proyecto de amor al que san Alberto dedicó su vida entera.
Cuántas veces el padre Hurtado habrá meditado, en la compleja realidad política, social y religiosa que le tocó vivir, estas lecturas que hoy hemos proclamado. No debe haber sido fácil para la gente de su tiempo comprender cabalmente que la vivencia de la caridad y la promoción de la justicia social son una consecuencia vital e indispensable del seguimiento de Cristo.

He leído y releído en las últimas semanas ese hermoso regalo que nos ha hecho el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate. Sus páginas necesariamente nos llevan a reencontrarnos con el Padre Hurtado y sus homilías, sus mensajes a la juventud, sus meditaciones y discursos. En muchos de sus escritos, junto a los textos magníficos de los Padres de la Iglesia, la Providencia fue iluminando nuestra reflexión de hace dos años sobre la necesidad de un ingreso éticamente suficiente para la vida digna de nuestras familias. También en esta palabra de honda vigencia hemos inspirado, recientemente, nuestra propuesta de un consenso básico ético que nos permita dar un paso significativo para asumir la deuda social pendiente, en el año del Bicentenario.

La entrega del cristiano
Nuestro compromiso solidario, que se traduce en un esfuerzo permanente por mejores condiciones de vida para los hermanos más pobres, es ni más ni menos que el proyecto de Cristo. La civilización del amor se empieza a construir aquí y ahora. En el primer párrafo de Caritas in Veritate, el Santo Padre nos habla del compromiso:  “El amor -«caritas»- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz”. (CiV 1)
Hoy decimos con plena certeza que “comprometerse hace bien”. Y lo afirmamos desde la experiencia maravillosa de tantos hermanos y hermanas nuestros cuya vida se ha transformado a partir del momento en que han sido capaces de dar y de darse a otros. Decía el padre Alberto Hurtado:  “La caridad nos mueve a socorrer con generosidad de nuestros bienes a los pobres: lo que es superfluo para nosotros, la caridad lo pone al servicio de los pobres y a veces la caridad llega aun más lejos, participa a los menesterosos, aun de lo que uno ha menester para sí. El verdadero cristiano da y da hasta que duela. Mientras la limosna no nos cuesta, vale poco” (San Alberto Hurtado, Humanismo Social, 1947)

No cualquier aporte es un regalo. No toda ayuda es un don. Con toda razón cantamos que “amar es entregarse olvidándose de sí”. Cabe preguntarse: ¿cuánto y hasta dónde damos? ¿cuánto y hasta dónde NOS damos a los demás?

Es que el compromiso solidario comienza en familia, desde el matrimonio solidario que se entrega por entero al mayor bien de sus hijos. Y se cultiva en el colegio, en un sistema educativo que lucha por reformarse y crecer, pero en el que persisten desigualdades que nos duelen en lo profundo. El compromiso solidario se juega en la vida laboral, porque el trabajo es obra de todos; en la convivencia diaria de la ciudad, del barrio; en la riqueza hermosa de las amistades que se cultivan y perduran.

“Lo vio y se conmovió”
Por eso la Iglesia se alegra cuando diversas instituciones cristianas se unen para invitar, con ocasión de este día y de este mes de la solidaridad, a la sensibilización sobre una cultura solidaria. Porque la solidaridad no puede ser flor de un día, moda pasajera o sensibilidad limitada a ciertas fechas, a ciertas campañas, a tragedias y desastres. ¿Qué tan solidario fue, cuánto dio, cuánto SE dio el samaritano?

El evangelio de Lucas nos narra que el sacerdote y el levita lo vieron y pasaron de largo. Quizás nosotros también pensamos como ellos cuando nos desentendemos de la mendicidad o del sufrimiento ajeno con el pretexto de que nos engañan, de que “no le trabajan un día a nadie”, de que son parte de redes delictivas. Lo vieron herido y pasaron de largo.

A diferencia del sacerdote y del levita, el samaritano lo vio y se conmovió. No sacó cuentas con la razón científica y técnica que hoy, con recetas fáciles, nos recomienda a quién dar, cuándo dar, cuánto dar. Al ver al hombre herido, el corazón del samaritano se conmueve. En lo profundo de su ser se duele, se con-duele con el hermano herido. Y en ese dolor solidario no hay diferencia religiosa, racial, política ni económica que valga.

Así se porta este “prójimo”: la conmoción se traduce en acción: se acerca, venda las heridas, las cubre con aceite y vino, pone al hombre sobre su propia montura, lo lleva a un albergue y lo cuida. Pasa una noche junto a él. Al otro día saca de su dinero y cubre los gastos que pudieren ser necesarios después. Y pide encarecidamente que lo cuiden, que no reparen en gastos. Ése es un prójimo.

El doctor de la Ley ya tiene respuesta a su pregunta sobre qué hacer para heredar la vida eterna: “Anda y haz lo mismo que ese samaritano”. Lo entendió bien Alberto Hurtado, quien escribía que esta parábola “nos muestra al verdadero servidor de Dios. Éste es aquel que sirve a todo necesitado –decía san Alberto-. Una virtud que ocupa tan alto puesto en la enseñanza de Cristo, no puede reducirse a ocupar un pequeño rincón en nuestra vida.” (San Alberto Hurtado, Amar al prójimo).

La Iglesia ha reconocido en este sacerdote chileno de la Compañía de Jesús una santa manera de mirar, en el pobre, a Cristo. Cuántas veces rechazamos mirar a los prójimos olvidados y sufrientes. En nuestros días, en que todo se nos ofrece rápido, fácil y bonito, también se puede vivir la caridad desde una cómoda distancia: es más fácil dar con tarjeta o que nos descuenten en forma automática nuestro aporte solidario. San Alberto comprendió bien que dar es más que aportar dinero, porque sintió la conmoción del samaritano que mira al sufriente a los ojos. Le habría sido más fácil pagar por el servicio: con su dinero otro podría haber curado y acompañado al hombre herido. Pero el samaritano quiso lavar y curar las heridas con sus propias manos. Quiso quedarse y hacerse responsable de su hermano.

Hacernos responsables de los que sufren
Esta Palabra nos habla hoy, en este agosto lluvioso previo a una campaña electoral en el Chile que amamos. ¿Es el gesto del samaritano el que inspira e identifica la solidaridad nuestra, la solidaridad que valoramos después de los terremotos y temporales? Lo pregunto con un especial acento en estos tiempos de promesas puerta a puerta: ¿somos capaces de quedarnos una noche junto a los más pobres de los pobres? ¿seremos capaces de hacernos cargo de ellos hasta que se curen sus heridas?
La solidaridad no se puede agotar en consignas de campañas, y tampoco puede convertirse en una suerte de “turismo social” en que ocasionalmente estamos un rato junto a los pobres. El samaritano se conmovió a tal punto que después de curar al hermano y de hospedarlo, se quedó con él y se hizo responsable por su futuro. Él mismo se comprometió por su recuperación: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”.

No podemos olvidar que una solidaridad auténtica implica dos dimensiones: por una parte, el amor humano y la misericordia, la compasión y la ternura, en especial hacia los que más sufren; y por otra, la necesaria búsqueda de la transformación de las condiciones sociales, políticas y económicas, a través del ejercicio responsable de nuestros derechos y deberes ciudadanos. Porque, en palabras del apóstol Santiago, una fe sin obras es una fe muerta.

Como nos ha recordado el Santo Padre, la crisis económica y sus consecuencias en la familia y la sociedad, nos obligan “a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso” (CiV 21). Con esperanza decimos: ¡Al mal tiempo, buen compromiso! En tiempos de apretarse el cinturón, pidámosle al Señor que nos ensanche el corazón y que, por intercesión de nuestra madre, María, nos ayude a ponernos en el lugar de los que sufren, a aliviar su dolor y a hacernos responsables de la curación de todas sus heridas.

Que en Dios sepamos darnos, al modo que tan bellamente nos invitaba el padre Hurtado:

“Darse… es cumplir justicia.
Darse… es ofrecerse a sí mismo y todo lo que tiene.
Darse… es orientar todas sus capacidades de acción hacia el Señor.
Darse… es dilatar su corazón y dirigir firmemente su voluntad hacia el que los aguarda.
Darse… es amar para siempre y de manera tan completa como se es capaz”.

¡Al Señor de la Vida sea el honor y la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

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