Mes: diciembre 2013

Para orar (I) San Francisco Javier

El celo de San Francisco Javier en su trato con el projimo (I)

sanfranciscojavier

Del libro ORAR CON FRANCISCO DE JAVIER, de Javier Sagues SJ. (Ediciones Mensajero).

«Francisco Javier conocía como nadie los puntos cardinales y había atravesado todos los meridianos geográficos. Pero una brújula y un imán más alto atravesaba su corazón. Su meta era el cielo» (Justo López Melús).

En efecto, Javier apuntó siempre al blanco del cielo, al punto definitivo de Dios, en una ascensión continua, empujado por el más y mayor de la ascética y mística ignacianas, que tan exquisitamente supo asimilar.
En este año conmemorativo del 5.º Centenario de su nacimiento, ofrecemos unas meditaciones-contemplaciones sobre sus virtudes, entresacadas de sus cartas. Vamos a paladear la actitud y el talante espiritual del santo misionero.
Nota: El celo apostólico consiste en una sed ardiente de la salvación de las almas. Es una característica esencial del misionero, del apóstol. Esta sed se suscitó en el santo al inicio de su cambio de proyectos en contacto con San Ignacio y al realizar los Ejercicios Espirituales en París.

1. SERENARSE
Para orar hay que descender a lo hondo del corazón, donde se encuentran las cumbres del amor. Para eso hace falta silencio, calma. Lejos de toda prisa, de todo ruido, respiro hondamente, tomo la postura que mejor me vaya, oigo y veo la vida que me invade.

2. PRESENCIA DE DIOS Orar no es pensar mucho sino amar mucho. Amar al Dios trinitario que habita en nosotros. El corazón, en el fondo de nuestro ser, en nuestro yo profundo, allí en la hondura, acoge humildemente a Dios-Amor, se deja amar por Él, y se entrega generosamente a ese Dios-Amor. Así, en este vaivén de amar y dejarse amar, está la esencia de la oración.

3. COMPOSICIÓN DE LUGAR Puedo imaginarme a Javier según lo describen sus biógrafos, basados en testimonios directos de profesores y compañeros que lo conocieron: «Era dulce de trato, amable, atento, complaciente, de atractivo singular e irresistible. Entre sus condiscípulos de París se hizo muy popular, y sus primeros compañeros en la Compañía acreditan esto mismo» (Turselino, Biografía, 17, 20, 48).

4. PETICIÓN «Señor, que sepa comprender que tú amas al que da con alegría, y que busque siempre tu gloria en mi trato con los demás»

5. ORACIÓN-CONTEMPLACIÓN Textos de San Francisco Javier:
Javier manifiesta en sus escritos una alegría y gracejo humorístico, teñidos al mismo tiempo de seriedad. Siempre tenía el corazón a punto, un gran corazón, pero atemperado al mismo tiempo de gravedad, seriedad, profundidad, en su justo equilibrio.
«Francisco Mansillas es un buen hombre, anda sobrado de mucho celo, bondad y magna simplicidad, pero no muy letrado… Quiere ser sacerdote y creo que suplirá con su mucha bondad y suficientísima simplicidad lo que no alcanza por letras» (Carta 12, n. 4. A Laínez. Lisboa, 18-3-1541).

Así escribe a Diego Pereira, mercader portugués muy rico: «Me alegraría mucho verme con Ud. antes que se marche a China para encomendarle una mercancía muy rica, a la que dan poca importancia los mercaderes de Malaca y de China: esta mercancía se llama la conciencia del alma. Es tan poco conocida por aquellas partes, que los mercaderes creen que, si la tienen en cuenta, y usan bien de ella, todo su negocio lo pueden dar por perdido. Yo rogaré continuamente en mis pobres oraciones y sacrificios que Dios nuestro Señor lo lleve y lo traiga sano y salvo, pero aprovechando más en su conciencia que en su hacienda» (Carta 65, n. 3. A Diego Pereira. Goa, 2-4-1548).

Javier muestra en más de una ocasión el «pronto» de su tierra, sobre todo de estudiante en París, pero su carácter educado y de familia noble y distinguida reluce siempre. Así escribe a su hermano, el capitán Azpilcueta: «Señor, los días pasados estuvo en esta Universidad de París el Rdo. P. Fray Vear, el cual me dio a entender ciertas quejas que v.m. tenía de mí, las cuales me contó muy a largo. Y de ser eso así, como él me contó, en que v.m. lo sentía tanto, es señal y argumento muy grande del amor y afecto muy entrañable que me tiene. Y yo sentía mucho esa pena de v.m. recibida por informaciones de algunos malos hombres y de ruin porte, a los cuales a las claras deseo mucho conocer, para darles el pago que merecen. Y como aquí todos son muy amigos míos, me es muy difícil saber quién es. Y Dios sabe la pena que tengo en diferir el castigo que merecen. Pero me consuela el pensar que lo que se difiere no se excluye. Y quiero que v.m. conozca claramente el favor que me ha hecho Dios de haber conocido al señor Íñigo… que en mi vida podría agradecerle lo mucho que le debo, por haberme ayudado con dinero y con amigos en mis necesidades, y por haber sido causa de que yo me apartara de las malas compañías, que yo, por mi poca experiencia, no conocía» (Carta 1, n. 4, 5, 6. A Juan de Azpilcueta. París, 25-3-1535).

Así escribía a los sacerdotes capellanes de las fortalezas portuguesas en la India:
«Vuestras palabras sean alegres, llanas, blandas, y reñir sólo si es necesario, pero con buena gracia, de manera que se eche de ver que aborrecéis el pecado pero no al pecador… Sed amables, nada de enfado, nada de tristeza, siempre llenos de bondad y benignidad» (Mon. Xav. Doc. I, 50, pág. 870, n. 6, 24).

«Las reprensiones sean con rostro alegre, y con palabras mansas y de amor, y no de rigor; de cuando en cuan¬do abrazándolos, humillándoos delante de ellos, para que reciban mejor la reprensión; porque de otro modo, perderán la paciencia y se harán enemigos vuestros. Sobre todo, si son personas poderosas, ricas, o que tienen mando» (Carta 80, n. 10. Al P. Barzeo. Goa, principios de abril, 1549).

En el proceso para su canonización realizado en Cochín en 1556, trece testigos respondieron sobre su trato con la gente:
«Jamás conocimos hombre más franco, más sincero; siempre le vimos alegre, risueño, ecuánime; todo lo que pedía lo alcanzaba y todo lo que emprendía lo acababa, porque su amor y su humildad obligaba a todos; de preferir a alguno, prefería a los pecadores. Se llegaban a él las gentes en tropel, y grandes y pequeños le veneraban como Santo; se creía afortunado el que le conocía y dichoso el que intimaba en su amistad» (Mon. Xav. Proceso Cochín, págs. 330ss.)
6. COLOQUIO
Salmo de un corazón a punto (E. Mazariegos):

Mi corazón está a punto, Señor, a punto para hablar contigo.
Mi corazón está a punto, Señor, a punto para visitarte.
Mi corazón está dispuesto, Señor, dispuesto para sonreír.
Mi corazón está preparado, Señor, preparado para servir.
Mi corazón está a punto, Señor, a punto para tolerar.
Mi corazón está decidido, Señor, decidido a ser tu testigo.
Mi corazón está al acecho, Señor, al acecho de tu encuentro.
Mi corazón no tiene miedo, Señor, no tiene miedo para defenderte.
Mi corazón está despierto, Señor, despierto para vigilar tu paso.
Mi corazón está ansioso,
Señor, ansioso de amarte y de verte.

7. PADRE NUESTRO

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