LA CONVERSIÓN DE IGNACIO

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Nuestra vida está marcada desde sus inicios por un llamado a la conversión. La predicación de Jesús se abre por una invitación a convertirse, porque el Reino de Dios está cerca. En el Evangelio, el que se acerca al Señor escucha inmediatamente ese llamado: conviértete.

La conversión no es un momento; es un proceso. Es a menudo, un largo tránsito que va produciendo una intimidad creciente con Dios y una coherencia cada vez más total de la acción del espíritu.

Si lo vemos en la vida de Ignacio lo primero que hay resaltar, es el carácter de laico cuando experimentó todas aquellas vivencias que luego plasmó en los Ejercicios Espirituales, y finalmente marcaron el modo en la Compañía de Jesús. Ignacio de Loyola era laico, cuando inició su proceso de conversión en Loyola y empieza a reconocer la existencia de diversos espíritus. Era laico, cuando vivió la intensa experiencia de Manresa. Era laico, cuando experimentó y escribió los Ejercicios Espirituales. Era laico cuando empezó a tener junto a él compañeros a los que les fue dando los Ejercicios, y así, les fue comunicando un modo específico de ser.

La experiencia de Ignacio de Loyola permite admirablemente tomar conciencia del carácter dinámico de una conversión. El fue haciéndose consciente de las etapas de su proceso interior, y expresó este desarrollo en la autobiografía que dictó a uno de sus colaboradores. El desarrollo un carisma esa cualidad o don que tiene una persona para atraer a los demás por su presencia, su palabra o su personalidad.

En el proceso interior de San Ignacio nos puede ayudar hoy a comprender los pasos que el Señor nos invita a dar. Es cierto que cada persona tiene un sendero único irrepetible. Puede, con todo, la experiencia de San Ignacio hacernos sensibles a la hora de la gracia y alentarnos y convertirnos en peregrinos hacia un contacto íntimo con Cristo; esta experiencia nos muestra con claridad, que la conversión es algo dinámico, que debe abarcar dimensiones muy variadas de la vida.

En el mundo cada cual tiene un cable a tierra, una guarida un escudo y una espada. Un elemento que nos mantiene en “control”.

En San Ignacio, la marcha de una fe inmadura e inconsecuencia a una total entrega al Señor se desarrolla en siete etapas. Abarcan ellas muchos años de la vida del Santo.

Etapa I LOYOLA: El deseo de hacer grandes cosas por el Señor

Iñigo de Loyola es un soldado de la corte de España. Su padre y cuatro de sus hermanos habían seguido la carrera de las armas. En este tiempo es la milicia el medio más adecuado para conseguir honra y sustento.

Estando en la defensa de la ciudad de Pamplona contra los franceses, cae herido gravemente por una bala de cañón que le quiebra una rodilla y le deja maltrecha la otra. Iñigo tiene apenas 31 años de edad, quedando con esto terminada bruscamente la carrera militar y todos sus deseos de hacer grandes cosas “por la mujer de sus sueños”.

Llevado a la casa de Loyola es operado tres veces sin mostrar “otra señal de dolor que apretar mucho los puños”. Estando casi moribundo, recibe los últimos sacramentos. Pero en la víspera de la fiesta de San Pedro y San Pablo comienza su recuperación. Aburrido de su larga convalecencia, pide a su cuñada algunos libros de caballería según su afición a la gloria de las gestas militares. Pero lo único que había eran “Vidas” de algunos Santos y la Vida de Cristo.

Comenzó a leerlas y, de vez en cuando, las dejaba de lado para “soñar despierto”. Iñigo fue descubriendo que en él se alternaban dos tipos de ensueños: en uno estaba allá en la Corte española realizando grandes proezas caballerescas para la dama de sus amores; y en otro, quería ser como San Francisco y Santo Domingo y hacer grandes obras por Cristo. Siendo quien era, comenzó a investigar estos ensueños y descubrió que, después de soñar con la corte, la dama de sus amores y todas las grandes proezas que por ella iba a hacer, quedaba interiormente bastante inquieto y perturbado. En cambio, cuando soñaba despierto en Francisco y Domingo y anhelaba hacer como ellos grandes cosas por Dios, quedaba interiormente muy a gusto y en paz.

Por las circunstancias de la vida, Iñigo sale de su modorra espiritual y se encuentra con el Señor que es capaz de llenar en plenitud su vida. Sus experiencias mundanas del hombre de corte y de hombre de armas quedan reducidas a algo muy pequeño comparadas con la aventura caballeresca de encontrarse con nuestro Señor. Así llegó Iñigo a conocer la diversidad de los espíritus que lo agitaban. Fue el comienzo del “discernimiento de espíritus” y el de su conversión.

Etapa II MANRESA: La construcción del hombre de Dios

Iñigo sale de Loyola a cumplir sus propósitos. El primero de ellos es emprender una peregrinación a Jerusalén. Para ello, debe llegar a Barcelona, puerto de embarque para Roma. En la ciudad eterna es necesario solicitar y obtener una autorización de la Santa Sede para viajar y ser admitido en Jerusalén. El segundo de ellos es un corte radical de vida. Emprenderá una vida de rigurosa penitencia, a ejemplo de los santos, en reparación de su vida pecadora. Cambia su ropa fina de noble por el sayal pobre del peregrino de su época, se deja crecer el pelo y las uñas. Camina cual pobre por la calle en busca de Aquel de quien sin tener mucho conocimiento y experiencia siente que le quiere y le lleva para hacer algo grande con él y con su vida.

Por el camino visita un Santuario Mariano y consagra su vida a Dios. En el monasterio de Monserrat, decide hacer su “vela de armas”, donde, despojándose de sus vestiduras mundanas, se hace peregrino por el Señor. Sin embargo, pronto tuvo que medir la distancia que separa el sueño de la realidad. Le vuelve constantemente a su memoria un pasado de pecado en un mundo de pecado. para enmendarse, decide vestir las armas de su nueva milicia espiritual, a la manera de los caballeros medievales: purifica el alma mediante una confesión general de toda la vida.

Al amanecer, deja el monasterio y, tranquilamente, vuelve a descender la montaña rumbo a Manresa. Varios meses pasará Iñigo en este santuario dedicado a la oración, el ayuno y la penitencia. Dios va allí enseñándole como un verdadero maestro a este hombre maduro y generoso. Dios se convierte realmente en su Señor. Aunque es sorprendente constatar la generosidad, el desprecio de sí mismo y el deseo de hacer grandes cosas por el Señor, se percibe inmediatamente que ahí hay todavía mucha inmadurez, demasiada exterioridad y falta de temple puramente evangélico.

En este período, sin embargo, Iñigo recibe como un don muchas gracias espirituales y luces interiores que solidificarán mucho su fe. Hay un período de paz y de gran tranquilidad. Hay otro de durísima lucha interior, con dudas y escrúpulos. Y por fin un tercero, con grandes ilustraciones: gran devoción por la Santísima Trinidad, a la presencia de Jesús en la Eucaristía, a la humanidad de Cristo y a la Virgen y una percepción espiritual de mundo como creación íntimamente ligado al Señor.

En medio de sus ayunos y penitencias, donde Iñigo, en cierta manera hace su primera semana de Ejercicios, descubre que él puede hacer bien a las almas. Comienza a tratar con personas espirituales, en primer lugar, para ayudarse de ellas y, poco a poco, va descubriendo que él puede ayudar a los demás. El camino de servicio es fundamental en la experiencia espiritual evangélica de Iñigo. El le enseña la verdadera discreción. Descubre que es más importante que la apariencia, el olvido de sí mismo en la entrega a los otros.

A partir de esta experiencia de trato espiritual con los otros, Ignacio va suprimiendo los excesos de su generosidad mal entendida y va descubriendo una normalidad evangélica: se corta la uñas y se arregla el pelo.

Entre el rey temporal y el Rey Eternal, entre el servicio a una noble señora o a Nuestra Señora, entre el mundo y Dios, Iñigo había hecho ya una opción de preferir la alegría a la tristeza.

Etapa III JERUSALÉN: La visión universal

Impulsado por los ejemplos de los santos y por su amor profundo a la humanidad de Cristo, viaja a tierra Santa. Hay aquí una excepción entre los santos españoles de su época. Ignacio deja su Patria y comienza, desde entonces, en cierta manera, a mirar el mundo como una totalidad. Será desde entonces un gran viajero y echará así las raíces para su visión apostólica universal.

El proceso de conversión en Ignacio lleva consigo una apertura sobre la vastedad del mundo. Quedará eso definitivamente incorporado en el carisma que él legará más tarde a la Compañía de Jesús.

Etapa IV PARÍS: Las mediaciones humanas y en particular el estudio

Vuelto de Tierra Santa, después de innumerables peripecias, el hombre generoso decide emprender un camino extraordinariamente lento de preparación humana; ha descubierto que su amor a Dios, su deseo de hacer bien a los hombres y su visión universal necesitan, como mediación, una profunda preparación intelectual. Emprende, contra toda lógica humana, un largo período de formación que se hará muy difícil por lo avanzado de su edad.

Diversas etapas deberá cruzar en este período de formación: el maestro de escuela, la Universidad española y, por último, la Universidad de París. A pesar de la dificultades y contratiempos, no dudará en emprender los estudios más serios de su época hasta adquirir un título universitario.

Surge también la necesidad de crear un equipo apostólico. Ya en España, en su período de estudiante, comienza Ignacio a descubrir la necesidad de trabajar con otros y compartir con otros su experiencia apostólica. Los fracasos no lo desaniman en esta materia. Después de diversas experiencias, logra finalmente en París crear un grupo de “amigos en el Señor” para trabajar con ellos por el Reino de Dios.

Es importante para comprender la conversión de Ignacio este proceso que lo lleva desde la formación seria de la persona a la capacidad y la necesidad de trabajar con otros en equipo, en compañía.

Con una paciencia y una visión sobrenatural va formando a sus compañeros y templándolos en el espíritu de generosidad y de discreción.

Etapa V ROMA: Servir en la Iglesia bajo el Romano Pontífice

La última etapa del proceso de conversión de Ignacio que lo lleva a su verdadera madurez consiste en la aceptación radical de la Iglesia. Su amor personal a Jesucristo, su deseo apostólico, su sueño de universalidad deben concretarse en un servicio orgánico a la Iglesia Jerárquica.

Este paso de conversión es tanto más notable cuando más decadente era la Iglesia en su tiempo. A San Ignacio le toca vivir en pleno período de la Reforma y conoció mejor que nadie la corrupción de las estructuras eclesiales. Tal vez por la experiencia propia de pecado no se escandalizó de la Iglesia ni se apartó de ella sino que comprendió su propia conversión en el seno de una Iglesia que debía ser interiormente reformada. Fruto de esta experiencia es el voto especial de obediencia al Papa, que fue le primer fundamento de la Compañía. Del Vicario de Cristo esperaron los primeros compañeros formados por Ignacio las misiones para ser esparcidos por la tierra.

Estas etapas, en cierta manera, expresan el carisma ignaciano que la Compañía trata de vivir. La conversión de Ignacio se fue paulatinamente cristalizando hasta llegar a su plena madurez en los últimos años de Roma. La discreta caridad, fórmula tan querida por San Ignacio, pasó de las exterioridades, de lo aparente y vistoso a un servicio humilde y universal, hecho con otros compañeros para servir a las almas por amor profundo a nuestro Señor Jesucristo.

En este largo camino Dios tomó el tejido de Ignacio y con él hizo su obra sin destruirlo. San Ignacio cambió el sentido de muchas de sus grandes actitudes, pero su naturaleza íntima permaneció en el soldado de Pamplona, en el Fundador y en el Superior de la Compañía. La gracia, la conversión dejará intactos ciertos rasgos de carácter. Hay aquí un aspecto importante para la sicología de la conversión: ser santo, seguir a Cristo no significa dejar de ser uno mismo u olvidar sus raíces, su temperamento y su historia. Si en el primer momento hubo una ruptura, en cierta manera más adelante Ignacio se recuperó; San Ignacio era un caballero como el Quijote y continuará siéndolo hasta el fin de sus días, pero habiendo cambiado el objeto de sus sueños y de sus luchas. En el momento de su herida, en Pamplona, se nos muestra como un hombre con muchas condiciones de jefe: con una gran capacidad de tener opiniones propias y con autoridad moral para defenderlas. Además, será un hombre lleno de valentía para hacer cosas grandes. No se quiere quedar en pequeñeces en el servicio de sus ideales; inmensamente sufrido ante el dolor y el fracaso, enfrenta los tratamientos médicos -verdaderas carnicerías- sin hacer la menor señal de dolor. Es eso propio de un hombre sólido, capaz de enfrentar dificultades y de no desanimarse por ellas. Eso permanecerá en el Ignacio maduro, pero orientado hacia mejores causas.

 

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